Falta contestar una pregunta, destaca un investigador de las Sagradas Escrituras. ¿Por qué los Evangelios nunca dijeron que los dos crucificados eran discípulos de Jesús de Nazaret? La respuesta es sencilla para muchos investigadores bíblicos. Muy pronto, entre los primeros cristianos, se desarrolló la idea de la muerte salvadora de Jesús.

Noel Alvarez ciudades de sal

Noel Álvarez  @alvareznv

Según narran los cuatro Evangelios canónicos, las clases, religiosa y política de su tiempo, decidieron condenar a Jesús por lo que ellos consideraron como blasfemia, cuando el Señor admitió ser el Hijo de Dios. Sin embargo, ellos no tenían la autoridad para ejecutar la sentencia, solo las autoridades romanas podían hacerlo. De tal modo que judíos y romanos, a pesar de sus irreconciliables diferencias, se confabularon para crucificar a Cristo. “Cuando Jesús terminó este discurso, al admitir ser el Hijo de Dios, la gente estaba admirada de cómo enseñaba, porque lo hacía con autoridad y no como sus maestros de la Ley”, Mateo 7:28-29.  La crucifixión era un castigo que los romanos aplicaban únicamente a los rebeldes políticos, a los revolucionarios sociales, y a los subversivos.

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“Durante los años que Roma dominó Judea, solo fueron crucificados sediciosos o simpatizantes de ellos. Jamás ningún ladrón”, escribe una fuente religiosa y luego se pregunta: ¿Por qué, entonces, aquel día crucificaron a dos ladrones con Jesús? El asesinato de Jesucristo fue una gran conspiración que implicó a Roma, Herodes, los gentiles, el Sanedrín judío, diversos grupos que pocas veces estaban completamente de acuerdo unos con otros. “Es significativo que la crucifixión de Cristo es el único evento histórico en el que todos los bandos trabajaron juntos para lograr un objetivo común. Todos eran culpables. Todos tienen la culpa entre sí. Los judíos como raza eran ni más ni menos censurable que los gentiles”, dice el teólogo norteamericano John MacArthur.

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Según el Nuevo Testamento, Jesús fue arrestado, juzgado por el Sanedrín de Jerusalén y sentenciado por el prefecto Poncio Pilato a ser flagelado y, finalmente, crucificado. En conjunto estos acontecimientos son conocidos como «la pasión de Cristo». Algunas fuentes, como Josefo o Tácito, también aportan una imagen histórica, de la muerte violenta de Jesús, (1 Juan 5:20).​ Para la mayoría de los investigadores sobre las Sagradas Escrituras, la presencia de una inscripción o titulus de condena de Jesús de Nazaret —presente de forma unánime en los cuatro evangelios canónicos— constituye uno de los datos más sólidos del carácter histórico de su pasión. El sufrimiento de Emmanuel y su muerte representan los aspectos centrales de la teología cristiana, incluyendo las doctrinas de la salvación y la expiación.

“La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro de la tumba y lo resucitó de entre los muertos, daba testimonio. Por eso también salió la gente a su encuentro, porque habían oído que él había realizado aquella señal. Entonces los fariseos se dijeron entre sí: ‘¿Veis cómo no adelantáis nada?, todo el mundo se ha ido tras él’”, Juan 12:17-19. El día glorioso en que Jesús, (Juan 15:1), resucitó a su amigo Lázaro, después de cuatro días de que éste estuviera en la tumba, sus opositores no pudieron soportar el impacto del poder con el que él gobernaba sobre la vida y la muerte.  Los Evangelios afirman que el Príncipe de Paz, (Isaías 9:6), fue crucificado junto a otros dos hombres. Pero no dicen quiénes eran.

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Marcos y Mateo los identifican como “bandidos”. Lucas los llama “malhechores”. Y Juan solo habla de “otros dos”, sin más explicaciones. La tradición siempre los ha considerado “ladrones”. Por eso se ha pensado que eran autores de algún robo, y que la casualidad hizo que fueran condenados a morir el mismo día que Jesús, por orden de Poncio Pilato. “Los Evangelios no los vinculan para nada. Sin embargo, es poco probable que varias personas condenadas el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar, por la misma causa, por el mismo gobernador y con la misma pena, no estén relacionadas”, comenta una fuente. Por otra parte, tampoco, todos los días había levantamientos políticos en Judea, como para suponer que eran perturbadores sociales de otra rebelión diferente de la de Jesús.

El historiador judío Flavio Josefo, descendiente de los Macabeos, su padre fue sacerdote y caminó con Cristo Jesús, aporta una posible solución a estos términos. Cuenta el escritor que a mediados del siglo I la palabra “lestés” (que las Biblias traducen por “bandido”) había adquirido un nuevo significado. Dice Josefo: “Una nueva especie de bandidos surgió en Jerusalén: los sicarios”. Al escribirse los Evangelios, el término lestés no se refería a cualquier bandido sino a los judíos sublevados contra Roma. Por lo tanto, los “bandidos” crucificados con Jesús no eran ladrones sino agitadores sociales. Esta primera conclusión nos lleva a preguntarnos: ¿Qué relación tenían con Jesús de Nazaret? Porque según los Evangelios, Jesús fue condenado a muerte por subversivo político (Mc 15,2), rebelde (Lc 23,2) y agitador social (Lc 23,5). “Eso no significa que lo fuera, pero sí que las autoridades romanas lo consideraron como tal”, escribe Josefo.

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El hecho de que sobre su cabeza pusieran un cartel con el motivo de su condena: “El Rey de los judíos” (Mc 15,26), confirma que la causa de su sentencia fue política y no religiosa. Hoy en día pasa lo mismo con el significado que muchos hombres le han dado a términos bíblicos para confundir a los seguidores de Cristo. Ahora bien, si los hombres que estaban a su lado también lo fueron, es lógico preguntarse: ¿Tenían alguna conexión con Jesús?, reflexiona Josefo. Cuando los soldados arrestaron a Jesús en el Monte de los Olivos, éste se defendió diciendo: “¿Han venido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido (lestés)?” (Mc 14,48; Mt 26,55; Lc 22,52). O sea que Jesús fue considerado un lestés, el mismo título que se utiliza para designar a los dos hombres crucificados con él. Esto nos lleva a una segunda conclusión, escribe la fuente religiosa: “los dos condenados debieron ser discípulos de Jesús, apresados y juzgados por el mismo delito. Por eso terminaron muriendo junto a él”.

Una confirmación indirecta de esto se encuentra en las palabras de uno de ellos, el llamado “buen ladrón”, cuando al defender a Jesús de los insultos del otro crucificado, le dice: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? (Lc 23,40). Aunque esta escena no parece ser histórica, señala que, para Lucas, los compañeros de suplicio sufrían “la misma condena” que Jesús, es decir, habían sido condenados por idéntico motivo. La palabra “condena” (en griego kríma) no alude solo al castigo, sino a todo el proceso judicial. Pero si los dos crucificados con Jesús eran discípulos suyos, ¿Cuándo fueron detenidos?, reflexiona una fuente investigadora de la vida de Jesús.  Según los Evangelios, continua el teólogo, “en el momento de la aprensión solo apresaron al hijo de Dios, (Juan 1:29), y dejaron libres a los demás. Una lectura atenta de los textos revela que no fue así”. Las autoridades también intentaron atraparlos a ellos. Por ejemplo, el hecho de que en el momento del arresto de Jesús sus discípulos “lo abandonaron y huyeron todos”, (Mc 14,50), revela que también a ellos quisieron detenerlos.

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Los cuatro Evangelios dicen que Jesucristo, (Juan 8:12), fue puesto en el medio, mientras que a los otros dos los colocaron “uno a su derecha y otro a su izquierda” (Mc 15,27; Mt 27,38; Lc 23,33; Jn 19,18). La explicación más plausible es que Jesús fue considerado el líder de los otros dos.  Los asientos de la derecha y la izquierda de un rey eran los de mayor prestigio. Colocando a sus partidarios a cada lado, los verdugos quisieron mofarse del Hijo del Hombre y parodiar una corte real. Estas burlas eran frecuentes entre lobos, alacranes, perros, zorros, entre otros, en el mundo de ese entonces.  Filón de Alejandría, por ejemplo, en el siglo I nos relata el caso de cierto loco llamado Carabas, al que quisieron ridiculizar, y lo vistieron como rey, mientras unos jóvenes se ponían a su derecha y a su izquierda, simulando ser su comitiva.

Para muchos teólogos una de las escenas confirma que los crucificados con Jesucristo, (Efesios 2:20), tenían vinculación con él. Marcos y Mateo relatan que, junto con los que se burlaban de Jesús, “también lo injuriaban los dos crucificados”, (Mc 15,32; Mt 27,44). Si esos dos hombres eran simples ladrones que no tenían nada que ver con él, ¿Por qué lo insultaban? Pero la escena se aclara si eran sus seguidores. Como parte de su movimiento, se sintieron desilusionados ante el fracaso del líder, y protestaron indignados. Lucas reporta algunas palabras de esos hombres. Aunque la escena no es del todo histórica, tiene sentido únicamente si, para Lucas, los crucificados eran discípulos del Salvador, (Colosenses 1:15). El primero de ellos le recrimina a Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti y a nosotros”, (Lc 23,39).

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Si el hombre era un delincuente común, no se comprende su frase. ¿Cómo un simple ladrón, que no conoce a Jesús, va a creer que es el Mesías? ¿Y por qué va a esperar que lo salve a él y a su compañero de fechorías? Pero tiene sentido si ese hombre conoce a Jesús, si ha participado de su proyecto mesiánico, y está siendo ajusticiado por haberlo seguido como Mesías. Las palabras del otro crucificado son también reveladoras. Dice Lucas que le ruega a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino”, (Lc 23,42). Resulta sorprendente la confianza con la que le habla. Es una de las pocas personas, en todo el Evangelio, que lo llama “Jesús”, algo ilógico para un delincuente que lo ve por primera vez. Por otra parte, el hombre está convencido de que Jesús es rey, y que tiene poder para hacerlo entrar en su Reino. Eso significa que había aceptado sus enseñanzas, y seguía siendo un leal seguidor.

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¿Es posible conocer a esos dos discípulos crucificados junto al Nazareno? Los Evangelios callan sus nombres. No pertenecían a los Doce, pues ellos vuelven a aparecer más tarde reunidos en Jerusalén (Hch 1,13). Serían, ¿Simón el Zelote y Judas de Santiago? Pero Jesús tenía un grupo más amplio de discípulos que lo acompañaban. Algunos lo ayudaron durante los últimos días que estuvo en Jerusalén, como el que le prestó el burro para entrar en la ciudad, (Mc 11,1-6), o el que le preparó la habitación para la última cena, (Mc 14,12-16). A este grupo más amplio de colaboradores deben haber pertenecido los dos crucificados con él. Falta contestar una pregunta, destaca un investigador de las Sagradas Escrituras. ¿Por qué los Evangelios nunca dijeron que los dos crucificados eran discípulos de Jesús de Nazaret? La respuesta es sencilla para muchos investigadores bíblicos. Muy pronto, entre los primeros cristianos, se desarrolló la idea de la muerte salvadora de Jesús.

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Según los investigadores bíblicos, se elaboró la tesis de que Jesús había dado su vida por la humanidad, y que su muerte en la cruz había sido redentora. Así, la crucifixión se convirtió en el hecho central de su vida, y se le atribuyó un valor salvador único e incomparable. En este contexto, un Jesús muriendo por el Reino junto a otros compañeros, le hacía perder centralidad y exclusividad. Por eso la tradición olvidó pronto la identidad de esos dos discípulos, y se silenció toda referencia a ellos, dando la impresión de que había muerto solo.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

Noelalvarez10@gmail.com

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