Carlos Herrera Opinión
La próxima vez que un socialista quiera hablar de sus cualidades morales y éticas, habrá de explicársele que el socialismo sólo funciona teóricamente en la mente de unos “románticos”, verbalmente en la boca de unos “engaña bobos” y en las acciones de “nadie”. En la práctica, sólo funcionaría en pequeños grupos humanos, en los que todos se conocen, con plenas libertades y, absolutamente, todos (TODOS) los controles. Es decir, jamás.

Carlos Antonio Herrera Cáceres

Hace algunos días conversaba con un amigo que trabaja como mesero en algún bar de la Costa Brava; zona de la costa española entre las ciudades de Blanes y Portbou (Provincia de Gerona, frontera con Francia). Debido a que ahora es verano, época de mayor afluencia turística (principal fuente de ingresos de la Madre Patria), muy emocionado, mi amigo me explicaba lo bueno y conveniente que es recibir propinas de sus clientes. En su lugar de trabajo, el dinero por este concepto es acumulado en un bote especialmente colocado en lugar visible y, al final de la temporada, es contado y repartido por igual entre todos los meseros del bar; lo cual realizan durante una reunión en la que todos muy contentos, comparten unas tapas y bebidas a manera de festejo.

Mientras escuchaba a mi amigo, analizaba su discurso y le pregunté si él era socialista. Muy extrañado, me contestó que no, pero añadió: – ‘¿Por qué me lo preguntas? ¿Qué tiene que ver?’. A lo cual, sarcásticamente y en tono un poco de broma, le respondí: – ‘Mucho. He ahí que muchas personas piensan y actúan como socialistas sin saberlo e, incluso, hasta lo niegan’. Son una mezcla de entre capitalismo y socialismo, porque les gusta el dinero, lo cuentan, lo gastan, lo ahorran, sueñan con tener suficiente para esto y para aquello y, a la vez, manejan un concepto de igualdad muy interesante. Aproveché para también preguntarle quién es el mejor mesero del bar. Por ser el más antiguo, acomedido y amable con los clientes (particularmente, me consta), sonrió y, muy convencido, afirmó que humildemente creía que era él. También, me comentó acerca de algunos de los meseros cuyo desenvolvimiento en el trabajo no es bueno, por negligencia, falta de experiencia y habilidad o simple desinterés. Me contaba, además, que todos tienen el mismo sueldo mensual, pues la política de los administradores es: “Para igual trabajo, igual pago”.

La conversación se tornó interesante y, a mis preguntas, mi amigo el buen mesero afirmaba que a veces le parece injusto, porque no todos aportan al bote de las propinas cantidades iguales de dinero, pues los turistas son muy sensibles a dar mejores propinas a quienes les atienden bien y no tan buenas en otras condiciones. Me contaba cómo ha tenido, a veces, la tentación de meterse al bolsillo parte de las propinas, pero no lo ha hecho debido a la fuerte formación moral recibida de sus padres. Sin embargo, sabe de algunos de sus compañeros que lo han hecho; lo ha visto a través de las cámaras de seguridad.

Si se toma este sencillo caso como ejemplo, pueden compararse dos políticas básicas. La actual (aplicada por el jefe de mi amigo el buen mesero), según la cual todos aportan, en principio, todo el dinero por concepto de propinas, acumulando el total de propinas en un único bote; total dividido en partes iguales. Esta política tiene la ventaja de la igualdad; todos los meseros deberían estar igual de contentos. Sin embargo, intrínsecamente, trae dos potenciales desventajas. La primera, se refiere a la imposibilidad de ser usada como incentivo para mejorar el servicio a los clientes; por el contrario, desestimula ya que elimina la relación entre “mejor servicio” y “mejor recompensa”. La segunda, como mi amigo el buen mesero lo afirma, esta política potencia la posibilidad de corromper el sistema mediante la retención de dinero en el bolsillo de quien no está moralmente a la altura. Una política alternativa, con la cual un socialista (sólo en teoría) no estaría de acuerdo, es aquella en la que a cada mesero le corresponde en su totalidad las propinas recibidas directamente de sus clientes. Tiene la supuesta desventaja de la desigualdad; sin embargo, tiene dos ventajas importantes. Con la primera, es posible relacionar de manera clara “mejor recompensa” con “mejor servicio”; de esta manera, cada uno recibe lo que merece mientras trabaja. La segunda ventaja es que minimiza la corrupción, pues el dinero recibido por cada persona es suyo; por tanto, no existe la tentación, ni la oportunidad, de guardarse en el bolsillo el dinero de otros.

El lector puede incorporar elementos de complejidad a este caso. Por ejemplo, un impuesto: cada mesero aportará dos euros diarios a un bote común para sufragar algunos gastos o realizar la fiesta de fin de temporada. O puede ser también así: cada mesero aportará el cinco por ciento de lo recibido al bote común. ¿Cuál de estas dos normas es la mejor? Como podrá observarse, ambas tienen intrínsecamente ventajas y desventajas equivalentes al caso original.

Un socialista romántico o empedernido argumentará que todo esto es mentira porque la cualidad moral corresponde a ellos “los socialistas”. Soberana mentira, los socialistas no son dueños de los principios morales y éticos; con ese cuento han cazado montones de incautos – ignorantes – con falta de capacidad analítica. Las cualidades morales y los principios éticos son universales y no tienen, en absoluto, nada que ver con la ideología.

La próxima vez que un socialista quiera hablar de sus cualidades morales y éticas, habrá de explicársele que el socialismo sólo funciona teóricamente en la mente de unos “románticos”, verbalmente en la boca de unos “engaña bobos” y en las acciones de “nadie”. En la práctica, sólo funcionaría en pequeños grupos humanos, en los que todos se conocen, con plenas libertades y, absolutamente, todos (TODOS) los controles. Es decir, jamás.

Carlos Antonio Herrera Cáceres

Profesor universitario

 

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