Las obras de Salvador Garmendia se pasearon por la narrativa, el periodismo, la creación de guiones para radio, televisión y cine. Recibió el Premio Nacional de Literatura, por el libro de cuentos “Los escondites” (1972); Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en la mención Cuento, con el relato “Tan desnuda como una piedra” (1989) y Premio Dos Océanos de Francia (1992). Considerado por la crítica como uno de los escritores del boom latinoamericano.

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Salvador Garmendia, nació el 11 de junio  en Barquisimeto,  en 1928 y  falleció el 13 de mayo de 2001 en Caracas, víctima de una afección pulmonar. Su familia de clase media pobre, empezó en la literatura a causa de una enfermedad: una tuberculosis diagnosticada en su adolescencia que le obligó a guardar cama durante tres años, tiempo que dedicó a la lectura. Hacia 1945 comenzó a publicar y se vinculó con el medio radial y periodístico de su ciudad natal, iniciando asimismo su militancia en el Partido Comunista, del que se separó en 1953.

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Considerado el mejor representante de la novela urbana en Venezuela. La publicación de Los pequeños seres (1959), Los habitantes (1961) y Día de ceniza (1963) supuso la aparición en la narrativa venezolana de la temática de la alienación de los habitantes de las ciudades, ya iniciada por Guillermo Meneses, pero explorada en estas novelas con plena conciencia de que el mundo rural había sido destrozado irremediablemente. En este sentido, la obra de Garmendia se opone a la de Rómulo Gallegos, y puede ser vista como una empresa de demolición de los anteriores esquemas de la narrativa venezolana.

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Desde 1948 vivió en Caracas, donde se ganó la vida escribiendo y adaptando obras teatrales y melodramas para la radio y la televisión. A mediados de los años cincuenta entró en contacto con el grupo literario Sardio, primera manifestación generacional radicalmente opuesta a las concepciones tradicionales e institucionales de la literatura y el arte en Venezuela, que se prolongó, a comienzos de los sesenta.

Con Los pequeños seres (1959) y Los habitantes (1961), la narrativa venezolana se torna urbana y se centra en la exploración de esos «pequeños seres» anónimos y universales a la vez, marcados por la inadaptación y el antiheroísmo, que son los habitantes de una gran urbe como Caracas. Esta exploración en el mundo anónimo y marginal de la ciudad, poblado de abogadillos mediocres y burócratas frustrados, se ahonda en Día de ceniza (1963) y en La mala vida (1968). Con esta obra, Garmendia incorporó hábilmente a su panoplia narrativa una narración fragmentaria y una rica problematización de la instancia narrativa, recursos frecuentes en la novela del siglo XX que tardaron en aclimatarse en Venezuela.

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En 1968 Garmendia aceptó un puesto en la Universidad de Los Andes, en Mérida, donde dirigió la revista y la colección Actual. Ya preparaba entonces la última novela de su ciclo urbano, Los pies de barro, editada en Barcelona (España), adonde Garmendia se trasladó en 1972 como corresponsal de la editorial Monte Ávila, y adonde volvió en la década de 1980 con un cargo diplomático. Los pies de barro (1973) toma como marco una ciudad sacudida por la violencia de la guerrilla urbana y la represión y tiene como protagonista un escritor frustrado; la estructura fragmentaria traza en contrapunto el contraste entre la ciudad en pie de guerra y la indiferencia de la gente. La novela fue censurada por las autoridades españolas, pero al mismo tiempo proyectó a Garmendia como uno de los representantes del boom literario hispanoamericano.

El mismo año de su llegada a la ciudad condal, 1972, Garmendia recibió el Premio Nacional de Literatura. No abandonó entretanto el cuento y el relato breve, géneros de los que fue un maestro consumado. Paralelamente a sus novelas fue publicando un tipo de relato más lineal, centrado en la anécdota y tendente a la viñeta, como los recogidos en Doble fondo (1965), o variantes ingeniosas de temas caros a la literatura fantástica, presentes en los textos que componen Difuntos, extraños y volátiles (1970) y Los escondites (1972).

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Cuando sus lectores comenzaban a aceptarlo como el maestro venezolano de la novela urbana, Garmendia dio un giro con Memorias de Altagracia (1974), iniciando un retorno al mundo de su infancia y las historias que lo poblaron. Pero en la recreación por este autor del mundo provinciano de Barquisimeto y su familia no hay la menor traza de idealización criollista, sino la entronización del cuento como núcleo de sentido del universo afectivo e imaginario del escritor. Memorias de Altagracia fue, junto con El capitán Kid (1986), la última incursión de Garmendia en la novelística, ya que posteriormente se dedicó a componer volúmenes de relatos.

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La publicación, en 1976, del cuento que da nombre al libro El inquieto Anacobero y otros cuentos, uno de sus mejores textos satíricos, fue objeto de persecución judicial a causa de sus «malas palabras». En los años ochenta cumplió misiones diplomáticas en Madrid y Barcelona, y siguió recogiendo relatos en volumen: El brujo hípico (1979), El único lugar posible (1981), La casa del tiempo (1986), Cuentos cómicos (1991), el cuento infantil Galileo en su reino (1993) y La media espada de Amadís (1998). Siguió a la vez escribiendo con regularidad para el diario El Nacional, donde disponía de una columna semanal desde 1984.

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