Los piratas, como ‘sir’ Henry Morgan, nunca fueron nada románticos ni mucho menos benefactores. Eran pura y simplemente criminales de la mar océano.

Juan Guerrero

Juan Guerrero (*) @camilodeasis  

Por un malintencionado interés de lucro y tal vez por otros misterios, la cinematografía hollywoodense ha trucado la imagen maligna de eso generalizado como piratas, hasta convertirlos en personajes más bien bonachones, carismáticos y hasta bondadosos.

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Todo lo contrario. Desde que el pirata, convertido en Sir Henry Morgan, fue reconocido por sus ‘servicios prestados’ a la corona inglesa, el imperio hispánico en América vio amenazada la seguridad de sus súbditos, sus territorios y su comercio. El imperio inglés, muy hábilmente, había declarado la guerra al reino de España, en 1655, enviando una flota de asalto para conquistar la isla La Española, pero con tan mala capacidad táctica, que fracasaron y debieron conformarse con un botín secundario, una isla que mencionaban solo por su madera y agua dulce, Jamaica.

En su momento, Morgan logró del gobernador de Jamaica, Modyford, autorización (patente de corso) para sus ‘travesías oficiales’ contra las naves del imperio hispánico, logrando que su nombre cobrara fama y gloria.

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Fue Morgan (detrás de él el propio imperio inglés) quien convirtió a Port Royal, en Jamaica, en la ciudad más corrupta del mundo, guarida de malhechores, rufianes y criminales del siglo XVII. En esa ciudad y la isla Tortuga, se concentraba el mayor ejército de mercenarios al servicio de los imperios que le disputaban los legítimos territorios del Nuevo Mundo al reino español, que, desde los días de Colón, a finales del siglo XV, había descubierto lo que se llamaba, América.

Frente a tal desventaja jurídica los imperios rivales fueron generando estrategias para lograr hacerse con tierras en el Nuevo Mundo. Entre Holanda, Francia, Portugal e Inglaterra, el imperio hispánico fue despojado de gran parte de sus territorios por la participación de estos personajes, piratas, como se les denomina generalmente, que se dedicaron a merodear por todas las islas del Caribe y gran parte de las nuevas ciudades y pueblos de la costa.

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Morgan fue el heredero del liderazgo que mantuvo por varios años, Edward Mansfield, y junto con otros piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros, formó una compañía en Port Royal, contando con la aprobación del gobernador y, por supuesto, de la corona inglesa.

Así, el pirata Morgan, con patente de corso, se dedicó por años a hostigar, asaltar, saquear, violar, asesinar y sembrar el terror por todo el Caribe. Sus incursiones por centros poblados, como Puerto Príncipe (hoy Camagüey, en Cuba), Portobelo (hoy Panamá) y la costa atlántica de Costa Rica, resultan de una violencia estremecedora. Igual ocurrió con su incursión en la ciudad de Nueva Núremberg de Maracaibo, en 1669, que le llevó incluso, hasta el sur del lago, en Gibraltar. Con cerca de 15 navíos y poco más de 600 piratas, asaltaron la ciudad del sol amada. Los destrozos fueron incalculables. El terror causado, así como las violaciones a mujeres, asesinatos, torturas e incendio de la ciudad, hizo que los pobladores huyeran a los bosques. De esa incursión quedó en el recuerdo una voz, ‘muérgano’, como derivación del apellido de semejante rufián, hijo legítimo del infierno y allegado y protegido del imperio inglés enemigo.

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En su libro de memorias, Los piratas de América, el médico y pirata francés, Esquemelin, narra y describe los pormenores de los principales piratas, entre ellos Morgan. Es casi una biografía de quien supo aprovecharse de las circunstancias para terminar sus años, convertido en noble de la corona inglesa y rico terrateniente en la colonia de Jamaica, cultivando caña y mejorando el precario jugo fermentado que usaban sus hermanos bucaneros en las largas travesías por el Caribe, para saciar la sed y evitar ingerir la maloliente agua potable descompuesta, combinada con la salinidad en los barriles de madera. Así, su conocido ‘Killdevil’ (mata diablo), o ‘Rum bullion’, del antiguo destilado africano, llamado ‘tafia’, fue refinándose hasta lograr, en los alambiques de Jamaica, Barbados y otras islas, fama en Europa y entre los hacendados y nuevos potentados en las tierras de esta parte del mundo.

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No fue nada hermoso ni menos épico, la vida ni la historia de estos desalmados hombres, criminales y saqueadores, piratas que sometieron a la tortura, empalamiento, y desollaron vivos a miles de pobladores de los pueblos que comenzaban a florecer en las provincias de la América hispánica.

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Los piratas, como ‘sir’ Henry Morgan, nunca fueron nada románticos ni mucho menos benefactores. Eran pura y simplemente criminales de la mar océano.

 

(*)   camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

 

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