Los testimonios de quienes han logrado sobrevivir manifiestan que nunca más volverían a ese lugar. El trayecto se realiza, en promedio, en cerca de 8 días. Las cifras que llevan los organismos de atención humanitaria indican que poco más del 71% de los migrantes que la atraviesan son venezolanos.

Juan Guerrero

Juan Guerrero (*) @camilodeasis 

Es medianoche. Reviso por las redes sociales algunas informaciones antes de acostarme. De improviso me topo con una serie de imágenes que me llaman la atención. Están referidas a los migrantes venezolanos y su paso por el llamado ‘tapón del Darién’ en la frontera entre Colombia y Panamá.

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No dejo de observar los rostros de mujeres, hombres y niños. Están como saliendo de un inmenso barrial, de una película apocalíptica. El entorno es selvático, húmedo, resbaloso. Una de las fotografías muestra a una niña que en su inocente mirada observa a un hombre, sin camisa y sus botas de hule saturadas de barro, sentado sobre un madero y pegando su frente a un árbol. Se nota exhausto, agotado. La niña lo mira, sentada a su lado con sus botas también cubiertas por el lodo y parte de sus pantalones. Es una escena surrealista. En otra imagen, una joven duerme sobre una roca mientras sus pantalones, cubiertos por el barro, muestran sus zapatos deportivos embarrados. Ella se nota agotada. Como puede (-está ladeada y tiene de almohada un morral) encuentra lugar para un improvisado reposo.

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Otras imágenes captan grupos de migrantes caminando por la selva espesa, inhóspita. Se ayudan unos con otros. Unos con otros se sostienen, se agolpan en medio del barro. Soportan su extremo cansancio. Estas son las imágenes del fotógrafo, Federico Ríos ( @historiassencillas ) que realizó para un reportaje del diario norteamericano, @nytimes y aparecidas en días recientes.

Bien podríamos afirmar que este grupo de fotografías tienen un perfil que calificarían para un premio Pulitzer. Tanto por la calidad técnica, como por la conceptualización que remite a resumir en imágenes una tragedia humana, apocalíptica, que coloca a Venezuela como el primer país en el mundo con una población migrantes que supera los 7 millones 100 mil venezolanos. Muy por encima de Ucrania, con 6, 8 millones, producto de una guerra. Detrás siguen, Siria, Afganistán y Sudán del sur. Todos con dolorosas y crueles cifras millonarias.

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Es ahora cuando la migración venezolana se ha vuelto una realidad tangible, una verdadera amenaza para la seguridad nacional de países, como México o Estados Unidos de Norteamérica, y que las organizaciones humanitarias, como la Acnur, Cáritas, entre otras, se han cansado de advertir el riesgo de esta explosión humano.

Los migrantes venezolanos, el mayor grupo humano conformado casi exclusivamente por los denominados sectores de los estratos más bajos socialmente, D-E (la marginalidad), están recorriendo el trayecto, entre Venezuela y la frontera sur de EE.UU., en gran parte a pie. Son poco más de 3.500 kilómetros, parte de ese trayecto corresponde a uno de los espacios más impenetrables e inhóspitos del mundo: los 130 kilómetros de la selva del Darién, frontera entre Colombia y Panamá.

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Los testimonios de quienes han logrado sobrevivir manifiestan que nunca más volverían a ese lugar. El trayecto se realiza, en promedio, en cerca de 8 días. Las cifras que llevan los organismos de atención humanitaria indican que poco más del 71% de los migrantes que la atraviesan son venezolanos. De agosto a septiembre del 2022, ya sobrepasa las 80 mil personas. El tránsito hasta ‘el sueño americano’ se realiza a pie, por vía fluvial y marítima, y por carretera. En gran parte de las fronteras (se atraviesan casi todos los países centroamericanos), deben pagarles a las autoridades para que los dejen pasar. Se exponen a los sobornos, amenazas, ultrajes, humillaciones, robos, violaciones, y a convivir con los peligros constantes, tanto de las autoridades como de las bandas de paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes, y los ‘coyotes’ que los extorsionan y muchas veces les abandonan en medio de la selva.

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Como lo afirmé en otros escritos, a los pobres y, sobre todo, a los marginales nadie los quiere porque solo aportan atraso, violencia, dolor, sufrimiento y problemas de todo tipo a los países donde llegan. Esa es la visión que se tiene de ellos. Sabíamos que esta ‘bomba nuclear’ humana iba a explotar, tarde o temprano, y ahora cuando comienza a estallar el escándalo mundial apenas si se escucha a lo interno del país donde se ha generado, Venezuela, donde su régimen mantiene una férrea censura para que no se sepa de semejante apocalipsis migratorio. Los últimos estratos que siempre escapan de los estragos de países en conflicto, son quienes ya nada tienen que ofrecer, salvo su propia humanidad. Es lo que está pasando con estos venezolanos que se atreven a transitar un espacio tan semejante al infierno, como es la selva del Darién.

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(*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis  IG@camilodeasis1  FB @camilodeasis

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