Por eso amo tanto las palabras y a quienes las cultivan. Me agrada el timbre, el tono, la entonación de quien a bien tiene pronunciarlas. Hoy sigo regresando a mi primera escuela y mi primera maestra, mi madre y el patio de mi casa. Allí moran mis palabras, estas y tantas otras. Siempre he de regresar, como una interminable costura donde el hilo original se adhiere a otras telas, otras texturas, otras fragancias, pero con la misma sensación del primer encuentro, con la emoción de la primera vez.

Juan Guerrero

Juan Guerrero (*) @camilodeasis 

Después de las tradicionales, ‘ma-me-mi-mo-mu’, y ‘mi mamá me mima’ la palabra que inició mi vocabulario, fue Singer. Mi madre era modista y yo la veía todos los días frente al mueble, ella sentada frente a su máquina, yo, carreteando mis juguetes artesanales que ella me fabricaba con los carretes del ‘hilo Elefante’. Así, desplegaba sus telas y ellas viajaban por los aires y dejaban impregnado el ambiente de extrañas fragancias. Olían a cosa nueva. Las llamaba, popelina, caqui, gabardina, casimir, lino, seda, entre tantas otras. Las acompañaba mientras pronunciaba los colores, con el fino timbre del hilo y aguja, o el grueso tono del, botón, o ese chasquido llamado, rache, que después cambió, cuando nos fuimos a vivir a Caracas, por el novísimo, cierre mágico.

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Pero antes de combinarlas para saber que todas eran parte de una prenda de vestir, en silencio me iba a mi escuela particular, en el patio de mi casa, allá en el Maracaibo de finales de los 50, y mientras conversaba con mi amigo imaginario y las hormigas, pronunciaba esas mágicas palabras y las usaba en mis juegos inventados para vestir a las hormigas. Bajando los dos peldaños de la escalera de cemento, entraba a mi escuela donde tenía al señor mango, un inmenso árbol en todo el frente con sus grandes brazos abiertos y cubiertos de hojas, a mi izquierda, veía a la espigada lechosa con sus frutos en lo más alto. También, casi al centro, el níspero delgado y con la fragilidad de sus ramas. Del otro lado estaba la acacia, donde colgaba un columpio. Allí pasaba el resto de la tarde contemplando cómo mis pequeños amigos elevaban las petacas llamadas después, volantines.

primeras palabras

Yo andaba por las tardes aventurado en un espacio todo para mí. Hasta que una amiga de mi madre le sugirió que debía enviarme a la escuelita. –Carmen, mira que el muchacho anda como hablando solo. Es bueno que también vaya y se entretenga con otros niños en casa de la vecina. Era una improvisada escuela vecinal al final de la vereda número 32. Y de esa conversación recuerdo otra extraña palabra: kindergarten. En mi tiempo nada de eso existía, solo las escuelitas donde íbamos con nuestro taburete y una locha, dinero que nos daban para comprar el helado casero.

En realidad creo haber nacido a la consciencia de existir, de tener idea de estar en el mundo, una tarde cuando mi madre me llamó. Yo, como siempre en el patio, subí los escalones mientras ella entraba al baño. –Tienes que tener siempre las manos limpias. Así como lavo tus manos, así hacía siempre la negra Hipólita con El Libertador. Esa expresión me impactó. Cuando salí del baño el mundo era otro. Mi madre me llevó hasta el comedor, buscó mi libro de Primaria, se sentó y me subió a su regazo, y me leyó el cuento de la Cucarachita Martínez y el ratón Pérez.

primeras palabras

Al final terminé en un puro llanto. Mi hermana, Tane, trató de calmarme. Pero todo fue infructuoso. Ya para la noche, el típico ataque de asma se hizo presente. Me acostaron en mi hamaca de lona blanca y me llenaron el pecho con numoticine, otra de las primeras palabras que recuerdo. Después, mi mundo se fue ampliando a medida que iba conociendo palabras. Tantas, que mi madre inventó un juego: buscó el diccionario de mi hermana mayor, pequeño y lleno de páginas, y como ya sabía leer, mencionaba una palabra y yo tenía que encontrarla en ese libro. Supe entonces que las palabras vivían también en esos objetos que llamaban libros. Esa asociación se fue ampliando, ya no estaban adheridas al ruedo de pantalones ni al zurcido de vestidos, ni al ruido de la máquina de coser de mi madre. Se fueron más allá de ese entorno. Tanto, que cierta tarde, mientras mi padre salía de la casa, mi madre apresuró el paso, abrió la ventana y llamó a mi padre: -Guerrero, no olvide traer el pan y el litro de leche. Con esa palabra llamaba mi madre a mi padre. Supe entonces que su trabajo estaba fuera de la casa. Era fotógrafo, y pude grabar ese término en mi memoria. Pude ver toda la inmensidad de esa palabra la vez que visité a mi padre en plena plaza Baralt. Allí, en medio del bullicio y la algarabía, mi padre tenía metida su mano en una manga de tela negra, en un cajón. Este se soportaba en un trípode de madera. Al frente, sentada en una silla de metal, una goajira estaba inmóvil mientras mi padre le daba instrucciones y después escuché un ‘clic’, y –listo, dijo mi padre.

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Lo ayudaba en las vacaciones cortando, con una tijera dentada, los pequeños sobres blancos donde se colocaban las fotografías. De esas visitas asocio algunos términos, como Agfa, unos sobres que estaban en una caja pequeña de color rojo. De mi escuela y de mi maestra, Josefa de Morles, puedo asociar la palabra, severidad. La vez que una representante fue a reclamarle por los reglazos que le propinó a su hija. Pero mi maestra Josefa, si bien era severa, no era ni mala ni menos perversa. Ella nos dejaba ir, en el recreo, hasta la casa donde vendían la la chicha Williams, esa otra palabra que tanto me gustaba pronunciar.

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Después, ya un poco mayor, mi lenguaje se fue acercando a las orillas naturales donde fluye el discurso literario. Pasé de esa mágica oralidad donde las palabras son carne y sangre, discurren en la tonalidad de la pronunciación, a estar fijas, como estáticas, casi frías, de los libros. Los puedo a ellos asociar a la familiaridad, a la cercanía de otras experiencias. Como cuando nos tocó enterrar los libros de mi hermana mayor; los envolvíamos en bolsas plásticas, hacíamos huecos en el patio y los enterrábamos. De esta manera, la policía política de la época no podía encontrarlos para llevárselos. Así, días después íbamos al patio para desenterrarlos. Mientras los sacábamos y limpiábamos, yo escuchaba la conversación de mis padres y hermanos. De nuevo salían otras palabras, ahora nombres como, Kafka, Gorki, Ramos Sucre, Andrés Eloy Blanco, Rilke. Eran parte de mi familia, esa era mi conclusión.

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Por eso amo tanto las palabras y a quienes las cultivan. Me agrada el timbre, el tono, la entonación de quien a bien tiene pronunciarlas. Hoy sigo regresando a mi primera escuela y mi primera maestra, mi madre y el patio de mi casa. Allí moran mis palabras, estas y tantas otras. Siempre he de regresar, como una interminable costura donde el hilo original se adhiere a otras telas, otras texturas, otras fragancias, pero con la misma sensación del primer encuentro, con la emoción de la primera vez.

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

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