La incertidumbre ante la inestabilidad económica y la posibilidad real de seguir mal viviendo y acostumbrarnos a una permanente vida en el desasosiego: Cortes de electricidad sin previo aviso, cortes de agua los fines de semana, hacer interminables colas de días para surtir gasolina, buscar en el mercado negro una bombona de gas doméstico.

Juan Guerrero

Juan Guerrero (*) @camilodeasis  

Mi esposa me comenta con cierta preocupación, la angustia que le causa saber las condiciones en que se encuentra el país. -¿Cómo sigue funcionando este país con tantas restricciones? ¿Cómo no termina de colapsar?, me pregunta.

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Le indico que, según las últimas informaciones de especialistas, poco más del 75% del transporte está detenido por falta de combustible. Eso implica el transporte de alimentos, medicinas y materias primas.

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-Fijate que en la carretera que va de Maturín a Carúpano y viceversa, esperan que se haga una fila de cien camiones, gandolas y demás vehículos de transporte de víveres, colocan una tanqueta militar a la cabeza, otra en el medio y otra en la retaguardia y así trasladan hasta la otra ciudad a los transportistas. –Es que las bandas de delincuentes y hasta comunidades enteras se han dado a la tarea de asaltar los vehículos de alimentos, sobre todo, porque esa gente no tiene qué comer.

-Pasa también en la vía que va de El Tigre a Puerto Ordaz, al sur del territorio. También por la zona de la costa, entre Barlovento y El Guapo, en el estado Miranda. –Y, sin embargo, continúa comentando mi esposa. –Esto no termina de colapsar.

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Sigo pensando en los comentarios de mi esposa. La incertidumbre ante la inestabilidad económica y la posibilidad real de seguir mal viviendo y acostumbrarnos a una permanente vida en el desasosiego: Cortes de electricidad sin previo aviso, cortes de agua los fines de semana, hacer interminables colas de días para surtir gasolina, buscar en el mercado negro una bombona de gas doméstico. Nuestras rutinarias salidas turísticas para adquirir alimentos, medicinas o ir excepcionalmente a casa de algún vecino para intercambiar alguna comida, una medicina o una donación. Esa es la recreación, esa es la normalidad, la cotidianidad de un venezolano en Venezuela.

No. Venezuela, hoy, es otra cosa. Es un territorio devastado por los cuatro costados. Con una población enferma, mal nutrida y desnutrida, física y emocionalmente. Propensa a la depresión y al suicidio. Es la pura y cruel realidad. Todo, absolutamente todo, tanto material como inmaterial, ha sido arrasado. La Venezuela de siempre quedó como referencia en la memoria de quienes nacimos y crecimos en el siglo pasado. La historia oficial de estos tiempos es un registro construido desde la mentalidad marginal para adiestrar a otros marginales.

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Con ese tipo de seres humanos es imposible pensar en cambio significativo, real y verdadero. Leo y escucho a miembros de la oposición política hablar de unidad para el cambio. De elecciones en condiciones aceptables. Pero es que esta población que queda en este territorio difícilmente participaría en elecciones, porque simple y llanamente sobrevive buscando (asaltando) qué comer. Hasta el agua potable lo debe mendigar.

Difícilmente una población sometida a la humillación, desnuda de todo, pueda sobreponerse mágicamente a su condición de marginalidad mental, para acudir masivamente contra quienes le están adiestrando para permanecer en la marginalidad mental: pérdida de su tradición republicana, principios y valores democráticos, ética y moral como ciudadanos de un país/nación que no existe, porque lo ve, lo siente, lo palpa en su propia piel.

La Alemania nacional socialista de Hitler fue vencida por la conformación de fuerzas externas que se unieron para ayudar a su liberación y el resto de países europeos. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites se derrumbaron por efectos de una economía inviable. El mejor producto que ha podido generar el socialismo es la mortandad acumulada, que ya sobrepasa los 150 millones de seres humanos desde que se tiene memoria. Ningún jerarca reconocido ha emigrado y se ha quedado a vivir en esos ‘paraísos del horror’, sea Cuba, Corea del Norte o China. Los nuestros se han refugiado en París, Londres, Madrid, o en las ciudades más emblemáticas de Estados Unidos de Norteamérica.

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Desde esas ciudades construidas por el capitalismo, unos viven sus vidas de padres y abuelos, otros se dedican a abultar sus fortunas mal habidas, y otros a fungir de financistas, tanto de sus adeptos oficialistas como a ciertos dirigentes de la oposición. Total, ven la política gansteril venezolana, como un negocio y apuestan, generalmente a las dos opciones.

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Siempre lo he afirmado. Salir/superar esta condición de marginalidad política y optar por cambios reales, pasa por el ‘peaje’ del tutelaje militar quienes son, en definitiva, los que posibilitarían la transición a unas elecciones verdaderas. Lo otro son dos posibilidades: un acuerdo de países que intervengan militarmente y desalojen a ‘todos’ los actores políticos y hagan ‘borrón y nueva cuenta’, o esperar, como en los países satélites de la URSS, que todo termine derrumbándose por obsolescencia y oxidación mental. Allí pasaríamos parasitando varias generaciones. La solución no está en mí, pero sí sé que la historia es implacable, como la memoria.

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

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