Hasta las abejas dan lecciones de tolerancia a los políticos sectarios.  Conservan a la reina, son republicanas, respetan la libertad y producen rica miel para endulzar el paladar de toda la sociedad sin distinción de clases y trabajan con tranquilidad entre las flores.

Noel Alvarez ciudades de sal

Noel Álvarez*  @alvareznv

En el siglo XVIII, el médico y economista holandés, Bernard Mandeville, escribió La fábula de las abejas, obra que lleva por subtítulo: ‘‘Cómo los vicios privados contribuyen a la prosperidad pública”. En tono irónico, Mandeville criticó cómo multitud de personas vivían de las miserias del prójimo. Justificó la existencia del fraude y la corrupción en favor de la prosperidad pública. En esta obra, se observa que el político egocéntrico doma a los seguidores más salvajes, a los idólatras y sectarios, para obtener el mayor beneficio posible y mandar sobre ellos con facilidad.

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Para ilustrar su idea, Mandeville se sirvió de una colmena, sociedad inglesa de su tiempo, que vivía con lujo y desahogo y en la que las abejas se afanaban por satisfacer sus propios deseos y vanidades. En la colmena mientras algunos con grandes haberes y exiguos quebraderos de cabeza se metían en negocios de pingües ganancias, otros vivían condenados a la guadaña y la azada, agotando su fuerza y sus músculos para poder comer, no sé por qué esta historia me resulta familiar. La colmena estaba, así mismo, llena de bribones que aprovechaban en su propio beneficio el trabajo ajeno, si bien estos solo se distinguían en sus artes de los respetables y laboriosos por el nombre, pues no había lugar o profesión en la que no se diera el fraude.

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Con todo y eso, aunque cada parte estuviera llena de vicios, el conjunto era un paraíso. El vicio y la corrupción eran la grasa que mantenía lubricada la maquinaria de aquella colmena. “La envidia y la vanidad eran los ministros de la industria; la estupidez y el capricho movían la rueda del comercio”, decía Mandeville. Aunque en aquellos tiempos no existía la venta de productos de belleza por catálogo, la cual, según asegura alguna fémina, genera enormes fortunas, si se registraban los vicios en la administración pública, los cuales brindaban infinidad de comodidades. De este modo el vicio nutría el ingenio, y lo estimulaba en aras de la prosperidad, dando lugar a los desahogos de la vida.

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La colmena estaba llena de hipócritas que, aunque conscientes de sus propios engaños, clamaban a Júpiter contra los ajenos y a gritos pedían honradez. Y un día, el dios exasperado, llenó con ella sus corazones. Entonces se desplomó el precio de los alimentos, no hubo más trigo para el pan, los bares se quedaron vacíos, la honradez convirtió en inútil la labor de los abogados, y hasta los que fabricaban candados y rejas se quedaron sin oficio. Los médicos no tuvieron mas enfermedades que curar porque no se encontraban medicinas entre las virtuosas abejas. En definitiva, no hubo negocio para tantos. Y así poco a poco las abejas se fueron yendo de la colmena. Desaparecieron la industria y las manufacturas, pues no había quien pagara por los lujos y refinamientos de los dueños del poder.  Al final toda la colmena tuvo que emigrar al hueco de un tronco.

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El poema concluye “dejad de dar la murga: solo los locos se esfuerzan por construir una colmena grande y honrada; pues pretender disfrutar de las comodidades del mundo, conseguir fama en la guerra y vivir con desahogo, sin grandes vicios, es solo utopía que habita en el cerebro del hombre”. Y sentencia: “Cualquier edad dorada tiene lo mismo en común con la honradez que con las bellotas”.

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Hasta las abejas dan lecciones de tolerancia a los políticos sectarios.  Conservan a la reina, son republicanas, respetan la libertad y producen rica miel para endulzar el paladar de toda la sociedad sin distinción de clases y trabajan con tranquilidad entre las flores. Los socialistas del siglo XXI deberían volver a la rosa y alejarse de tan peligroso fanatismo. Miren, miren la abeja. “Rara vez hace un panal cerca de las cloacas; prefiere las ánforas, los agujeros de las riscas, los huecos de las encinas para formar su república”, dice un periodista español.

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Sin embargo, en contra de lo que planteaba Mandeville, en estos últimos 300 años se han puesto de manifiesto las consecuencias negativas de los comportamientos fraudulentos o poco éticos dentro de la economía. Algunos estudiosos señalan que desde el fraude de la South Sea Company en 1720, que consistió en inflar artificialmente el precio de sus acciones y que condujo al crack de aquel año, pasando por la estafa piramidal ideada por Carlo Ponzi en 1920 que, entre otros factores, llevó a la debacle de 1929, y a la Gran Depresión. Así hasta llegar a los escándalos de las hipotecas “subprime” con la caída de Lehman Brothers en 2008, que alumbró el inicio de una gran crisis que aun hoy la padece el mundo.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

Noelalvarez10@gmail.com

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