Es difícil pensar que el sector privado pueda realmente jugar un papel importante en la vida política cuando de sus propias entrañas se generan esta clase de actitudes. Está claro que lo mejor para el empresario, que de alguna manera tiene su vida, de cierta forma, más segura en el aspecto económico, vaya en busca, si así lo desea y tiene la capacidad para ello, a participar directamente en las transformaciones que busca. Esto, desde luego, si también tiene la aptitud y disposición para predicar con el ejemplo. 

Vito Vinceslao Opinión

Vito Vinceslao @vito_vinceslao 

Para el año de 1979 se celebró en Ginebra un coloquio que llevaba como título la siguiente pregunta «¿Debe un empresario intervenir en política?». Este tema no quedo allí fue objeto de estudio en una reunión celebrada posteriormente en Madrid por el World Business Council, y este tema se siguió tratando en el coloquio sobre Un nuevo lenguaje político que se convocó algunos años después en Divonne-Les Banis, con el propósito de analizar «la fosa de incomprensión que se está creando progresivamente entre los electores y sus elegidos y las dificultades de los políticos para hacer comprender a los ciudadanos el significado de los debates parlamentarios y de las elecciones».

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Ahora en la actualidad y con la crisis que hoy padece el país, creo que el tema merece ser debatido a fondo, y por ello me aventuro a resumir mis ideas sobre el mismo desde un punto de vista empresarial y con referencia a la situación Venezolana en su totalidad.

La pregunta espinosa de responder no es la de si un empresario de hoy debe intervenir en política. El empresario de todas las épocas, y bajo cualquier sistema de gobierno, ha participado en alguna forma en la vida política, y el empresario de hoy, lo quiera o no, le guste o no, tendrá que seguir haciéndolo. En la época en que vivimos, no cabe ni la neutralidad, ni el abandonismo, ni el absentismo ideológico o político. Todas y cada una de las facetas de la actividad humana están politizadas, desde la religión y la cultura, hasta el deporte, el ocio o la vida sexual, pasando incluso por el amor, la esperanza, el derecho a nacer y el derecho a morir. Y como el empresario aunque algunos lo pongan en duda es un ser humano, no tiene otro remedio que sentirse comprometido, cuestionarse su situación y hacer algo. Y ahí nace la dificultad. El problema, en efecto, no es si debe intervenir, sino cómo intervenir en la vida política. Y antes de decidir la forma de su acción o la calidad, o la intensidad de la misma, el empresario debe ser, de un lado, consciente de su situación actual, y de otro, definir con la claridad que le sea posible cuáles son de verdad sus objetivos y sus aspiraciones.

En primer lugar, el empresario tiene que aceptar el hecho de la relación que existe entre sistemas políticos y modelos económicos y la influencia decisiva de las tácticas políticas sobre la viabilidad de la libre empresa. En segundo lugar, el empresario tiene que aceptar que el margen real de actividad de la libre empresa está quedando reducido a unos márgenes anquilosados, como consecuencia de la creciente intervención estatal en el sistema económico a través de las planificaciones, las nacionalizaciones y la burocracia administrativa. En tercer lugar, el empresario tiene que aceptar que la teoría de la economía de mercado no cuenta ya con un apoyo intelectual y periodístico claro, y que su imagen está deteriorada profundamente ante la opinión pública. En cuarto lugar, el empresario tiene que aceptar que el juego de fuerzas políticas se ha alterado radicalmente, y que su supervivencia como tal empresario libre requiere acciones concretas de carácter político.

empresarios y política

Todo esto no ha ocurrido porque sí. El empresario Venezolano tiene que aceptar sus culpas. Lo que ha sucedido, en definitiva, con el capitalismo Venezolano es que ha vivido más de los abusos que de la ortodoxia del sistema. Sin justicia fiscal auténtica, sin igualdad real de oportunidades, sin libertad natural de iniciativa, sin ambiciones filosóficas, el capitalismo no es, desde luego, justificable. Un capitalismo que hubiera aplicado estrictamente sus principios teóricos habría resuelto el problema de la educación, de la salud, de la seguridad social, de la formación cultural sin el menor esfuerzo. Pero el capitalismo ha tenido miedo y se ha limitado a operar con el estándar de un hombre raquítico y conformista en el marco exclusivo de las cosas materiales. Ha despreciado la filosofía como ciencia práctica y ha convertido el ocio es decir, el único refugio de la libertad de la especie humana en una estupidez institucionalizada.

Pero las cosas tienen que cambiar, y van a cambiar. Las nuevas generaciones están llegando al convencimiento de que el idealismo y la imaginación sólo son peligrosos para los que no tienen ideas ni imaginación, para los que entienden que el poder sólo vale para proteger su poder y para los que creen que la humanidad tiene miedo a la libertad. El capitalismo, para que pueda sobrevivir sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la tentación del imperialismo, habrá de producir su revolución cultural, es decir, la producción de bienes culturales auténticos y no mediatizados ideológicamente. Tendrá, por descontado, que hacer más drástica y más efectiva la superación de los intereses individuales en beneficio del bien común, pero no para destruir la libertad individual, sino, precisamente, para asegurarla. En todo lo demás, el capitalismo tendrá que ser verdadero y auténtico capitalismo, respetando al máximo la doctrina de la economía del mercado y combatiendo los abusos con rigor.

Ahora bien, desde mi óptica y aunque en ocasiones parece que el sector privado tuviera vetado incursionar en política más allá de ciertos límites, lo cierto es que la experiencia en otros países ha demostrado que la participación de empresarios en el ejercicio público arroja más beneficios que inconvenientes.

empresarios y política

No es raro que la intervención en esta clase de actividades por parte de elementos de dicho sector es motivo de censura y en ocasiones hasta de escándalo.

Muchos de los ataques que suelen hacerse a los empresarios con aspiraciones a participar en política provienen desafortunadamente de su propio sector. A algunos parece todavía un acto contrario a su identidad cuando, definitivamente, cualquiera sabe que la mejor manera de cambiar las cosas es desde adentro y no siempre desde la barrera.

Es difícil pensar que el sector privado pueda realmente jugar un papel importante en la vida política cuando de sus propias entrañas se generan esta clase de actitudes. Está claro que lo mejor para el empresario, que de alguna manera tiene su vida, de cierta forma, más segura en el aspecto económico, vaya en busca, si así lo desea y tiene la capacidad para ello, a participar directamente en las transformaciones que busca. Esto, desde luego, si también tiene la aptitud y disposición para predicar con el ejemplo.

Ahora con los cambios que el país demanda y si estos se llegasen a materializar, estaríamos en las puertas de procesos electorales, es bueno reflexionar en todo ello y pensar que la política no está vedada al empresariado. Este, al contrario, ha demostrado tener gran éxito en ese terreno y contribuir a la sociedad a la que desde la empresa ha contribuido generando empleos. La política la hacemos todos, de una forma o de otra y siempre hay que recordar que sólo participando podremos tener un mejor lugar para vivir.

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Por otro lado, hay cambios que tienen que darse desde la clase política, tendrá que renunciar a una serie de actitudes, privilegios y prerrogativas históricas que ya no tienen mucho sentido y que nunca podrán recuperarlo. La coordinación entre el poder político y otros poderes fácticos, la revisión del poder de las mayorías, el control del abuso de las minorías, la excesiva personalización de los sistemas electorales, la necesidad de evolucionar hacia una democracia más directa y la profesionalización del oficio son temas que provocarán un nuevo estilo y un nuevo lenguaje políticos. Ya no es posible un aislamiento elitista y cómodo en una situación cambiante y dura; ya no es posible separar la ignorancia de la irresponsabilidad; ya no es posible confundir el ingenio con la inteligencia. La sociedad necesita, en resumen, una clase política mejor.

Vito Vinceslao

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