Iniciando con la entrega de reconocimientos, por años de servicio –de 10, 15, 20, 25 y 30- cada vez que mencionaban el nombre de un miembro de la comunidad universitaria, sea del personal de servicios, administrativos o docentes, los dueños del micrófono pedían casi a gritos a los presentes, que hicieran la gloriosa “ola de festejo” semejando a los hinchas en el fútbol o beisbol.

Juan Guerrero

 Juan Guerrero (*)  @camilodeasis

A última hora mi esposa recibió, vía correo electrónico, la invitación oficial donde la universidad donde trabaja como docente, el Politécnico de Barquisimeto, le indicaba que recibiría un reconocimiento por sus treinta años de servicios ininterrumpidos dedicados a la academia.

Puntuales llegamos al evento. Sin embargo, aún varios trabajadores de servicios se encontraban cambiando unas luminarias en el auditorio. Debimos esperar más de una hora para que comenzara el evento porque las autoridades que debían encabezar el acto no habían llegado.

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-No deja de ser un mal venezolano que todavía no hemos superado, pensé. Total. Hasta en los centros del rigor académico ser impuntual es parte de una cultura que irrespeta a quien sí se esmera en serlo.

Pero cuando creía haberlo visto todo comenzó la verdadera tragedia. Los moderadores –una señora del personal administrativo y un profesor- iniciaron el descenso al centro de la marginalidad institucional.

Iniciando con la entrega de reconocimientos, por años de servicio –de 10, 15, 20, 25 y 30- cada vez que mencionaban el nombre de un miembro de la comunidad universitaria, sea del personal de servicios, administrativos o docentes, los dueños del micrófono pedían casi a gritos a los presentes, que hicieran la gloriosa “ola de festejo” semejando a los hinchas en el fútbol o beisbol. Además, con excesiva familiaridad y total informalidad los moderadores le recordaban, en chanza, sus deudas o historias etílicas, mientras otros en medio del festejo, sea de quienes presidían el acto o hacían de público, gritaban, elevaban vivas o se apurruñaban entre besos, abrazos o palmadas que arrancaban pulmones.

Sé que muy probablemente más de un lector pensará que esto pueda sentirse como un arrebato de reclamo en extrema formalidad académica. Pero es precisamente en el espacio universitario –en lo universitas- donde se debe cultivar el espíritu del rigor académico que caracteriza el ser y hacer ciudadanos aptos para saber desempeñarse es determinados escenarios.

Hablamos de actitud académica, sea que se asista a un acto formal y académico –con toga y birrete- sea que se acuda a un acto formal de entrega de reconocimientos. El escenario es el Alma Mater –Alma Nutricia- que exige un desempeño acorde con la vida universitaria.

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Recuerdo sobre ello a mi apreciado señor Torres, en la universidad de Guayana. Personal de servicios, quien, acudiendo día tras día a su lugar de trabajo, con su uniforme impecable, aún siendo un obrero, mantenía una actitud académica. De voz reposada, su lenguaje corporal erguido, siempre presto a colaborar, su presencia era de una persona pulcra en todo el sentido de la palabra. Jamás le escuché una obscenidad ni tampoco le noté en su indumentaria ni kinesis, un descuido que delatara contradicción con la imagen que comporta ser miembro de una comunidad universitaria.

Duele ver cómo cierto personal de la comunidad universitaria venezolana se desempeña en la actualidad, contradiciendo los valores y principios más augustos del ser universitario. No estoy hablando de trajes ni perfumes. Tampoco del saber de conocimientos. Me estoy refiriendo al espacio interior, al ser universitario que muestra su hacer, su desempeño, su roce social.

Es triste darse cuenta que la mentalidad marginal está colonizando los espacios de las universidades venezolanas. Porque debemos tener consciencia que en los centros del saber, donde se encuentran tal vez los únicos reductos de dignidad, principios y valores para enfrentar el totalitarismo, el militarismo y el pensamiento supersticioso, ortodoxo y fanático, sea de izquierda o derecha, paulatinamente está cediendo terreno al pensamiento marginal, al rancho mental.

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Ese peligro lo han estado advirtiendo otros académicos, profesionales preocupados por el destino de la universidad venezolana. Una universidad que descuida su tradición, que se banaliza en su cotidianidad y desprecia en sus actos de reconocimiento a su personal, dejando que sus momentos académicos, pocos ahora, para reconocer la meritocracia en su personal se transformen en vulgares encuentros burdelianos, poca capacidad moral, ética, intelectual, política y espiritual dispondrá para defender su autonomía de integridad académica, ni mucho menos construir ciudadanos republicanos y democráticos.

Sobre esto, ya el régimen de mentalidad marginal ha avanzado en un terreno delicado y frágil, lesionando el alma académica en gran parte de las universidades nacionales. Esta fractura que se evidencia y cada vez se amplía puede ser la entrada a su control e imposición de un modelo universitario presto para la servidumbre, la absoluta banalidad, las relaciones de irrespeto, intolerancia e informalidad donde nadie cumple con sus responsabilidades ni nadie acata instrucciones.

(*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1

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