Amor por la libertad

Noel Alvarez opinión
Las mayorías sumisas y regimentadas, los esclavos voluntarios, sugestionados con el dogma de la soberanía popular, toleran las peores atrocidades contra la libertad individual, en nombre de la libertad y de la ficción de la soberanía popular, cuyo representante único, no ejerce, ni tiene soberanía. 

Noel Álvarez* @alvareznv

El escritor francés La Boétie expresó: “Si hay esclavos la culpa es de quienes soportan el yugo, pues el tirano es uno solo y ellos son todos contra uno. La libertad se obtiene cuando se la desea con fervor. Son libres únicamente los que quieren serlo”. La libertad era para él una condición de vida, como el aire y la luz. No sabía respirar en ambientes de cobardía y servidumbre y tampoco transigía con los despotismos, después añadió: “cuando los hombres, debido a herencias seculares, están conformados orgánicamente para la obediencia, yo sueño con la libertad”.

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La Boétie no se limitaba solo a soñar con la libertad, también pregonaba sus afanes en afables parlerías. La describía y cantaba, pero cuando advirtió que todavía no había tierra propicia para esta siembra, toda su persona se envolvió en un aire de severa y digna tristeza, a la vez que expresaba: “Si hay algo, claro y aparente en la naturaleza, es que ella, ministro de Dios y gobernadora de los hombres, nos ha hecho a todos de una misma forma y, al parecer, en el mismo molde, a fin de que entre nosotros nos reconozcamos como compañeros o más bien como hermanos. Esta buena Madre nos ha dado a todos la tierra por morada; nos ha alojado a todos en una misma casa, nos ha dado una figura común a fin de que cada uno se pueda reconocer en los otros; nos ha dado en común el gran presente de la vida y la palabra para que nos familiaricemos y fraternicemos unos con otros y de continuo”.

El filósofo y escritor francés, Paul Janet, descubrió en los Adagios, de Erasmo de Róterdam, el mismo concepto de libertad y servidumbre voluntaria de La Boétie. “Compulsad la historia antigua y moderna, escribió Erasmo, y apenas hallaréis dos príncipes que por su ineptitud no hayan atraído los mayores males sobre la humanidad…”. ¿Y a quién quejarse sino a nosotros mismos? “¡No confiamos el gobierno de una embarcación sino a un experimentado piloto, y el gobierno del Estado lo ponemos en manos de cualquier idiota!”.

Lo mismo que Erasmo aplicaba a los monarcas absolutos es atribuible hoy a los gobiernos resultantes del sufragio universal. Los pueblos suelen darse gobiernos que actúan a la manera de amos irresponsables, ambiciosos y crueles, y en algunos casos, semi analfabetos que establecen dictaduras invocando para ello la razón suprema del destino de la nación y la autodeterminación de los pueblos. Las mayorías sumisas y regimentadas, los esclavos voluntarios, sugestionados con el dogma de la soberanía popular, toleran las peores atrocidades contra la libertad individual, en nombre de la libertad y de la ficción de la soberanía popular, cuyo representante único, no ejerce, ni tiene soberanía.

Erasmo hizo reflexionar a los sabios de su tiempo, y gracias a su lenguaje sencillo y agradable, también llevó a pensar a la gente común. Pero en los últimos años de su vida, según su punto de vista, el mundo se volvió muy ingrato. Católicos y protestantes se enfrentaban unos contra otros, se mataban, torturaban, quemaban, y además, a veces se peleaban entre sí con tanto odio como si se tratara de los peores enemigos y no de compañeros de religión. Erasmo dijo “Todos tienen estas palabras en la boca: Evangelio, Palabra Divina, Fe, Cristo, Espíritu, pero veo a muchos de ellos comportarse como si estuvieran poseídos por el demonio”. En aquel tiempo de locura universal, donde la razón era asesinada por la pasión y la justicia por la violencia, unos y otros cometían las peores atrocidades en nombre del Dios del Amor. Los soldados y cañones reemplazaban a los argumentos.

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Hacia el final de sus días Erasmo pudo saber que, en París, habían quemado a fuego lento a quien le traducía sus libros. En Inglaterra, sus dos amigos, John Fischer y Tomás Moro, habían caído bajo el hacha del verdugo, y su amigo suizo Zwinglio, había sido muerto a mazazos en el campo de batalla. Al enterarse de estas noticias, Erasmo pronunció la siguiente frase:  “Ya no hay espacio para la libertad de pensamiento, para la comprensión y la tolerancia, es decir, ya no hay espacio para Erasmo”. Allí Erasmo comprendió que el amor por la humanidad que había inflamado su corazón y su palabra, estaba completamente derrotado porque los tiranos, actuando en nombre del amor, de la paz y de la libertad, masacraban a pueblos y ciudades, mantenían a inocentes secuestrados en mazmorras y a exiliados pasando privaciones.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

Noelalvarez10@gmail.com

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