Mujeres color esperanza

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Qué más pedir a las Mujeres y Madres de la Esperanza que no sea la dignidad para luchar, para seguir luchando… para no dejar que perezcan nuestros sueños abatidos por el puñal del pesimismo y el baldón de la indiferencia. En esta hora de renovación del compromiso sólo le pedimos a Dios que se multipliquen las MUJERES  COLOR  ESPERANZA .

Profesor Felipe Guerrero

Hace setenta y tres años un calificado grupo de soñadores fundan en los altos de la Lavandería Ugarte, ubicada en la tradicional parroquia caraqueña de «La Candelaria»,  una comunidad política que con  el devenir de la historia democrática venezolana, se ha de convertir en uno de los baluartes y pilares fundamentales de la libertad en Venezuela y en el mundo. Desde su origen COPEI nace como una alternativa para ir más allá del fascismo, del comunismo y del decadente mundo capitalista. Aparece COPEI como una novedosa concepción política cuyo anclaje central será la persona como valor absoluto,  para colocar a cada hombre y a cada mujer en situación de poder vivir como personas y lograr un giro social personalista, comunitario y espiritual.

Hemos compartido la generosa concepción de que aquel trece de Enero de Mil Novecientos Cuarenta y Seis: «No nacimos para que en Venezuela se perpetuaran las injusticias. Salimos a la lucha para construir con nuestras manos y con la fe del pueblo una realidad distinta». Ese ha sido el transitar durante estos setenta y tres años de hermoso peregrinaje, porque como lo expresara un hermano de ideal: «Los  partidos demócrata cristianos se conciben como instrumentos de participación, de constitución y vocación democráticas».

En ese despuntar del año Mil Novecientos Cuarenta y Seis y durante todo este peregrinaje, quienes nos incorporamos a esa marcha de esfuerzos generosos, sabíamos que el mayor reto de nuestro ideal era el enfrentar con autenticidad la gran hostilidad que expresaban y siguen mostrando  quienes se extrañan de nuestra ferviente defensa de a la dignidad de la persona humana. Esa que parece ser nuestra fragilidad se transformó en nuestra gran entereza; porque en esta desigual lucha hemos enfrentado la generalizada cultura que privilegia el egoismo individualismo en donde pareciera que sólo tienen la opción de ganar los que pertenecen a esa minoría que se lucra con el dolor ajeno y no le importa nada más que su ventajosa situación con el poder. Frente ese pragmático convencimiento, seguimos colocados al lado de los excluidos, por eso hoy luego de este largo caminar nuestra debilidad es nuestra gran  fortaleza.

En este tiempo de aniversario, resulta obligatorio hacer justo reconocimiento a las pioneras; a ese grupo de MUJERES  COLOR  ESPERANZA que en la hora inicial enfrentaron con singular valentía a la tiranía militar para salir a pintar esta tierra con el color verde  del anhelo del optimismo y de la ilusión. Fueron mujeres de esta tierra  quienes portaron el estandarte para llevar este mensaje de confianza. Esas mujeres, en audaz combate clandestino y con la sola compañía de la luz de la luna le quitaban el velo a la noche, burlaban el follaje silencioso para compartir en sus íntimas sombras el eterno mensaje del respeto a la dignidad de la persona humana.

Esas mujeres recorrían veredas y caminos, peregrinaban en medio de las rocas enmusgadas, mientras con un arpegio de ramas y bejucos  saludaban al viento con su fresco aliento de nubes masticadas, mientras soñábamos y seguimos soñando que gracias al combate que libramos,  el hambre de los pobres será saciada y será derrotada la miseria de los pueblos.

Para ellas la lucha ha sido una rutina constante, ha sido su diaria tarea. Cada una en su momento, esas mujeres exprimieron sus fuerzas para transmitir esperanza, impregnaron a todos con el testimonio de su honestidad y nos enseñaron a construir faroles de ideal para iluminar los oscuros momentos de las tormentas. Esas mujeres siempre estuvieron armadas de valor para luchar contra todas las adversidades. Son y siguen siendo mujeres con coraje. Su grandeza está en su permanente actitud de lucha, en su capacidad de resurgir y en sus eternas enseñanzas para que nadie se humille ante los tiranos.

En el momento inicial, en esa hora cargada de romanticismo liberador el mensaje del humanismo cristiano fue el campo obligado donde se refugiaron las mujeres militantes y en él buscan su espacio de combate en el camino de la revolución. Su valiente testimonio fue un grito que salió de las montañas, inundó los pueblos, estremeció las cárceles y se convirtió en himno de la fraternidad.

Muchas de esas mujeres entregaron el testigo del relevo a nuevas promesas de lucha, por eso rindo homenaje a las que se fueron a la patria de la eterna primavera. Hace tiempo que no oigo sus voces, pero su mensaje lo conservo en el cofre del corazón; sus palabras no ha podido anegarlas el silencio porque todos los días conjugan el verbo «AMAR» en tiempo presente, diciendo «AMO A VENEZUELA». Hoy, en testimonio de gratitud pronuncio sus nombres y deshojo una flor con cientos de pétalos.

A esas mujeres que se nos adelantaron en la marcha al infinito les prometemos que seguiremos acercando el corazón a los millones de excluidos de Venezuela para volver a tejer la bandera que ellas hilaron con tanto amor y que con su partida se fue deshilachando en este tedioso tiempo de oscuridades.  Estoy convencido que ellas nos siguen acompañando y al contemplarnos en esta incansable lucha por la dignidad nos regalan su sonrisa, ataviada por  la luz de sus infinitos ojos y desde los umbrales del cielo inundan el ambiente consiguiendo que nos alegremos con su alegría y  que completemos su obra con la intensa claridad que se desprende de sus corazones.

Esas mujeres nos dijeron: «No queremos nada para nosotras. Nuestra gloria es y será siempre el escudo y la bandera de nuestro pueblo. Y aunque dejemos en el camino jirones de nuestra vida, sabemos que ustedes recogerán nuestros nombres y los llevarán como bandera a la victoria».

Muchas de estas Mujeres y Madres de la Esperanza  fueron convocadas a peregrinar  por las veredas del cielo, sin embargo a cada instante sentimos su presencia y su compañía. A quienes se nos adelantaron en este viaje las abrazamos con los versos insumisos y rebeldes, que son la sinfonía del  pueblo: «No te marches compañera; si te vas tras el combate, si te duermes de agonía, no me dejes sin tu esencia, no abandones mi conciencia. Déjame un pedazo de tu voz para sembrarlo en la esperanza profunda de mis sueños combatientes. Déjame un pedazo de tus sueños, para guardarlo sin cadenas, en el raudo viento de mis ansias libertarias. Déjame las huellas fatigadas de tu larga marcha para encontrar en esa ruta el mejor futuro sin tiranos… Déjame las alas de tus quimeras  y tu credo firme por lo justo, y tu insaciable entrega por lo digno. Déjame el aliento dulce de tu sabia lucha por el pueblo, para juntar tu fuego con mi fuerza y pelear sin alto en las trincheras. Déjame tu canto de guerrera, déjame  tu alegría, déjame tu magno empeño y valentía, para hacer de la batalla mi  poesía».

Qué más pedir a las Mujeres y Madres de la Esperanza que no sea la dignidad para luchar, para seguir luchando… para no dejar que perezcan nuestros sueños abatidos por el puñal del pesimismo y el baldón de la indiferencia.

En esta hora de renovación del compromiso sólo le pedimos a Dios que se multipliquen las MUJERES  COLOR  ESPERANZA

Profesor Felipe Guerrero

Email: felipeguerrero11@gmail.com

 

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