El camino del migrante

Noel Alvarez opinión
El tema de la migración es un asunto candente en nuestros días. El inmigrante tiene derecho a guardar los recuerdos de su identidad, a alimentarse de sus propias raíces. Esto se facilita si se une a los demás inmigrantes de su cultura, formando “colonias patrias”, y si mantiene algún contacto con su propia lengua, sin complejo de inferioridad, es indispensable. 

Noel Álvarez* @alvareznv

El 18 de diciembre fue proclamado como Día Internacional del Migrante. La Asamblea General de la ONU decidió conceder este reconocimiento, teniendo en cuenta el número elevado y cada vez mayor de emigrantes que existen en el mundo y el  creciente interés de la comunidad internacional en proteger efectiva y plenamente los derechos humanos de todos los migrantes.​ Esta proclama es un homenaje a las personas, a lo largo de la historia, por diferentes razones, decidieron abandonar su patria para trasladarse a otras latitudes.

En diferentes culturas se narran migraciones antes de la formación del pueblo al cual se pertenece. Hasta Jesús de Nazaret, perseguido por Herodes,  tuvo la experiencia de inmigrante, pues desde niño experimentó el desplazamiento. El éxodo, es decir la salida de los hebreos de Egipto, es considerado el hecho fundante de la formación del pueblo de Israel. Es durante la trayectoria de salida que se va constituyendo en pueblo. Organización, lucha, pactos, utopía y acogida de un Dios, son elementos importantes que darán consistencia al pueblo que migra a otra tierra con la esperanza de una vida mejor.

El punto de partida del éxodo es la opresión, la explotación en el trabajo. Se trata de un descontento generalizado por el maltrato que reciben por parte del gobierno egipcio. La historia sagrada hebrea narra sus clamores y la forma como Dios les escucha y les ayuda a liberarse, por medio de una lucha liderada por Moisés. La trayectoria de la migración es larga y peligrosa. Los judíos  no son egipcios oprimidos por egipcios, son extranjeros que trabajan para el Imperio Egipcio. A pesar de que varias generaciones ya se habían asentado, siempre fueron extranjeros.

El recuerdo de ser inmigrante será la marca que les acompañará como un recordatorio en su relación con los extranjeros: “no maltrates al extranjero o inmigrante, porque tú también fuiste extranjero en Egipto”, se lee en las Sagradas Escrituras. En Canaán también habitarán entre extranjeros y serán considerados extranjeros, por más que afirmen que Dios les dio la tierra en heredad. Además, en el paso por el desierto, largo trayecto hacia Canaán, siempre fueron forasteros.

El desarraigo es una experiencia inevitable en todas las migraciones, no solo en las forzadas militarmente, sino también en las voluntarias. Una mirada rápida a la historia bíblica verifica no solamente este hecho, sino el que también los antepasados fueron todos migrantes. La dedicación al pastoreo les obligaba a buscar constantemente nuevos pastos para los animales, además de las hambrunas frecuentes en la antigüedad, que exigían dejar el lugar de residencia.

Ateniéndose a razones humanitarias propias de la filantropía y al motivo religioso del temor de los dioses, en el mundo griego y romano se practicaba la hospitalidad. Ya desde la época de Homero, el extranjero y el mendigo eran considerados como enviados de Zeus y por ello debían ser tratados respetuosamente, de modo que la hospitalidad se puede entender como una virtud social y religiosa. En el Antiguo Testamento son muchos los pasajes en los que aparece la hospitalidad con el forastero como un deber natural del israelita. Aceptando que los patriarcas eran pastores seminómadas, se regían por el llamado «código del desierto», un código no escrito cuyo pilar básico era la hospitalidad con el visitante.

El tema de la migración es un asunto candente en nuestros días. El inmigrante tiene derecho a guardar los recuerdos de su identidad, a alimentarse de sus propias raíces. Esto se facilita si se une a los demás inmigrantes de su cultura, formando “colonias patrias”, y si mantiene algún contacto con su propia lengua, sin complejo de inferioridad, es indispensable. Todo ello le da al inmigrante sentido de pertenencia y le ayuda a enraizarse, el tiempo que quiera, en el lugar que desee. El Dios de la Biblia explícitamente se coloca como aquel que defiende al forastero pobre, al inmigrante que no tiene quien le defienda.

Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

Noelalvarez10@gmail.com

 

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