Necesitamos muchos Titos

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Noel Álvarez*

El historiador  francés  François Marie Arouet, conocido en el mundo como Voltaire, escribió una frase que encaja perfectamente en la libertad que debe prevalecer en una democracia: “no estoy de acuerdo con lo que usted dice pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”. Poder opinar de cualquier cosa, defender cualquier idea, contrastar libres pareceres es algo útil y necesario. La libertad de expresión tiene límites. La censura es uno de dichos límites, y tiene un perfil muy concreto. Tradicionalmente ha sido una actividad regulada y ejercida por los poderes públicos que consiste en el examen de las obras del intelecto con la finalidad de adecuarlos a la ideología oficial del gobierno de turno.

La esencia de la censura es la supremacía. Su objetivo es imponer una ideología por un medio muy concreto: impedir, desde el poder, que otras concepciones políticas lleguen al público. Se trata de sacar de la opinión pública las ideologías que se enfrenten a la dominante. En estos tiempos globalizados,  de revolución,  el reproche tiene el poder suficiente para evitar que ciertas ideas lleguen a la mayor parte de la población, por eso Hay momentos en que las herramientas suaves de dominio, tales como diálogo, la negociación y compromisos, deben ser conducidos con mucho cuidado.

En el año 1933,  Adolfo Hitler obtuvo el poder en Alemania. En mayo de 1940 los nazis invadieron Holanda y comenzaron a apoderarse de la enseñanza y la prensa católica para someter al pueblo. El padre Tito Brandsma, nombrado entonces asistente de la Unión de Periodistas Católicos, alzó valientemente la voz para denunciar la persecución contra los hebreos en las escuelas católicas y el atropello total de la libertad de prensa y religiosa por parte del nazismo.

Tito no calló ante los desmanes nazis, denunciando el peligro antropológico, político y religioso que significaba el nazismo. Fue ardiente defensor de la libertad de prensa, de los judíos y de otros grupos étnicos y sociales. También se enfrentó a los nazis cuando estos exigieron que los judíos fueran expulsados de las escuelas católicas, únicas donde todavía podían estudiar en paz. Y, sobre todo, se negó a prostituir su amada prensa católica con propaganda nacionalsocialista. Fundó varias revistas y fue redactor-jefe de varios periódicos, volcando en centenares de escritos las riquezas de su mente y su sensibilidad. Pero su impacto en el medio periodístico rebasó el ámbito profesional. Muchos de sus colegas encontraron en él a un confidente discreto, consejero iluminado y amigo sincero, siempre dis­puesto a compartir penas e infundir esperanza.

En 1985, cuando lo estaba beatificando, el Papa Juan Pablo II resaltó la profunda formación religiosa de Tito y su actividad como profeso, expresando que el nuevo Beato se hizo periodista “al no poder permanecer indiferente ante los muchos hermanos que no podían ingresar a las instituciones académicas”. El Papa también recordó el infierno de los campos de concentración nazis, que el periodista  holandés soportó “con cristiana resignación y no respondiendo al odio con el odio, sino con el amor”. Tito, siempre buscó el diálogo con el ejército del Tercer Reich. Lo hizo desde la Palabra. No pidió cese al fuego como condición. Dijo que primero estaba la sociedad que los intereses del gobierno.

Al periodista, asesinado por defender la libre de prensa, se le oía  decir: “es mejor perdonar, darse la mano y olvidar. Lo demás no arregla nada”.  Murió en 1942 luego de que una enfermera le aplicara  una inyección de ácido fénico. Hoy, cuando en nuestro país, los ciudadanos sufrimos la arremetida de un régimen autoritario y conculcador de los derechos de las mayorías, vale la pena recordar ejemplos como el de Tito para reforzar nuestro carácter libertario.

*Coordinador Nacional de “Gente” Generación Independiente

@alvareznv

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