FOTOS | El martirio de comprar comida en Cúcuta

Tenía tiempo la compra silenciosa de alimentos en Colombia, mucho antes de que el gobernador del Zulia, el Tcnel. retirado Francisco Javier Arias Cárdenas, permitiera pasar productos a territorio venezolano. Hace meses el gobernador del Táchira, el capitán retirado José Gregorio Vielma Mora, se le sumó a la iniciativa del traslado de productos principalmente alimenticios desde el Norte de Santander.

Los habitantes de la frontera pasaban por las trochas, atravesando el río que nos divide de Colombia; desde el municipio Rafael Urdaneta, especialmente el pueblo de Delicias hasta Ragonvalia o Herrán de Colombia el potencial cliente entra a un tonel de plástico, que varios hombres deslizan con una guaya, desde una orilla a otra del río.

Así fue por meses. Representaba beneficios para quien compra productos en Colombia a menor precio que el de bachaqueros y para quien traslada a los compradores a través del río. Y por supuesto altos dividendos para el comercio colombiano.

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A lo largo de la llamada frontera más viva de América Latina, proliferaron las trochas y los bachaqueros aumentaban los productos cada tres días en 30, 40 y hasta 50%. Disminuye el negocio para grupos, militares y paramilitares que controlan las trochas en los municipios Bolívar y Pedro María Ureña. Masas hambrientas en búsqueda de alimentos rompieron el cerco con aquella acción de las mujeres que en Ureña reclamaron pasar por los puentes.

No se atrevieron a decir públicamente que era insostenible el pago de la vacuna impuesta en las trochas. Fue cuando el país se enteró que en Colombia sí podía comprarse lo que aquí no se encontraba y a precios levemente más bajos que los bachaqueados. Desde la gobernación del Táchira vieron la oportunidad de “abastecer” y de ganar. Empezaron a traer toneladas de productos por las trochas. Del lado colombiano una masa de vendedores ubicaba los productos, los pasaban por el río donde los esperaba las unidades, escoltadas por militares y Politáchira.

Los bachaqueros denunciaron que ese contrabando entraba sin pagar impuestos. La presión fue tanta que obligó a las autoridades venezolanas a un acuerdo con Colombia para abrir el paso por los puentes, especialmente por el internacional Simón Bolívar.

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La avalancha de venezolanos urgidos empezó a cruzar la frontera, mientras Colombia facilitaba el paso. La gobernación de Barinas también imitó la compra de alimentos colombianos que venden en la Ciudad Deportiva en el marco de la Feria de Barinas. “Precios más caros que los vendidos por los bachaqueros”, dicen los compradores.

– Siga la ruta –

Natalí, su hermano Eduardo y su novio Daniel viajan desde Caracas hasta Cúcuta cada mes. Me cuentan la odisea. Me animo a acompañarlos, pero decido ir en avión hasta la frontera y esperarlos en San Antonio del Táchira. El taxi me deja a las 7 de la mañana en la aduana.

Mientras los espero, me siento en el filo de la acera; decenas de personas se agolpan mientras se organiza una fila, para que un funcionario venezolano revise las maletas y bolsos. Nadie da una explicación convincente de qué objeto tiene ese hecho. A medida que avanza el tiempo el número de personas aumenta aceleradamente hasta miles.

Natalí y los dos chicos llegan a paso rápido, contando historias del viaje de 14 horas y eufóricos por pasar el puente. Me dicen que esa cola donde revisan las maletas no tenemos que hacerla, pero tampoco explican por qué a pesar que ellos cargan tres grandes bolsos con ruedas.

Nos dirigimos a una larga cola sobre la acera derecha del puente internacional. Natalí me indica que camine por la calle. Pasamos cerca de los guardias nacionales, quienes reciben miradas y comentarios de desprecio. Yo les murmuro unos “buenos días”, que solo tienen por respuesta un gesto de asentimiento con la cabeza. Al pasar la mitad del puente hay uniformados colombianos, a quienes los compradores venezolanos los saludan sonrientes. “A estos sí los saludo”, dice un hombre que pasa apresurado.

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Unos escudos de metal de la policía colombiana trancan toda la calle, dejando apenas libre las aceras a ambos lados. Nos dirigimos a la otra punta del puente, donde militares colombianos advierten que llevemos la cédula en mano. Apenas las miran y nos dan una planilla para llenar. En mesas ubicadas bajo toldos, funcionarios colombianos de identificación revisan y sellan la planilla.

Unas pequeñas busetas se van llenando de venezolanos y nos lleva al centro de la hermosa y próspera ciudad. Un aviso indica que se puede pagar en pesos o en bolívares. Natalí, Eduardo y Daniel sacan sus calculadoras y empiezan a hacer cálculos, mientras me explican que el bolívar está muy bajo, que eso reduce las ganancias, etc.

En una esquina del centro de la ciudad nos bajamos de la pequeña unidad de transporte y nos dirigimos hasta un centro comercial. Algunas personas nos dicen: “bienvenidos venezolanos”. Pregunto por qué compran en ese lugar.

“No, aquí no compramos, aquí vamos a cambiar los bolívares a pesos. No es seguro cambiar en cualquier lugar, es peligroso. Además cada vez más se resisten a recibir bolívares”. Media hora después abren las casas de cambio en el centro comercial Alejandría.

Los venezolanos hacen cola frente a las taquillas, mientras una anciana acompañada de dos chicas saca de entre la amplia falda gran cantidad de billetes de Bs 100, que un hombre enjuto chequea en una máquina de contar. “Son 100 mil”, le dice y a cambio le da unos pocos billetes de moneda colombiana. Las dos muchachas sacan igual cantidad de dinero. Las tres se alejan y yo pienso “éstas son bachaqueras”. No son las únicas, muchos venezolanos dejan allí miles de bolívares, unos por necesidad y otros para comprar productos que revenderán en Venezuela.

Mientras los tres muchachos hacen su cola, yo me le acerco a un policía, quien asegura que ya no quieren recibir bolívares en Colombia. Eduardo comenta que en Cúcuta el bolívar es más bajo que en el resto de Colombia. “Ya está en 1.5 lo que encarece los productos. No puede verte gran cantidad de dinero porque hay quienes son requisados y los detienen por ello”.

Natalí me lleva a varios lugares para ver la diferencia de precios. En las calles abundan los productos de Mercal, incluyendo la leche en polvo. Muchas ventas con harina PAN, arroz y azúcar venezolanos. Ella va directo a las compras por fardo de productos colombianos. Daniel y Eduardo nos alcanzan y comparan los precios, diciendo los sitios en los que comprarán. Las tres maletas se llenan paulatinamente y bajo aquel calor apremiante regresamos al puente en plena tarde. Agradecí el regreso sin sospechar que faltaba lo más dantesco.

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– Gente encorvada por los bultos de comida –

Al pasar el puente del lado venezolano nos topamos con los guardias. “No se puede pasar más de 6 productos de cada tipo por persona”. Mis amigos les explican que eso será dividido entre todos, que es para consumo familiar, etc. Yo guardo silencio. Admiro la cantidad de gente con la espalda encorvada por enormes bultos. Al final el guardia cede. Daniel dice que cada vez están peor, que hay que pagarles por cualquier cosa y se inventan prohibiciones para cobrar.

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Un matrimonio narra que hace un par de días un joven profesor trató de pasar el río con dos pimpinas de gasolina amarradas al cuerpo -como muchos venezolanos-, con la mala suerte que el agua lo arrastró sin que nadie pudiera impedirlo. Murió ahogado casi instantáneamente y con las pimpinas pegadas al cuerpo.

Regresamos en un autobús full de compradores hasta el terminal de San Cristóbal. “Ahora tomemos un encava”. Asombrada digo que aquello es un transporte muy incómodo para tantas horas de viaje, pero ellos dicen que es lo más seguro para conservar los alimentos.

El chofer advierte antes de salir: “Deben dar 100 bolívares por cabeza en cada alcabala, para evitarnos el problema de la requisa y que les quiten el mercadito”. Todos lo hacen religiosamente. En la alcabala militar La Pedrera extrañamente se sube un policía para recoger los más de Bs 3.000 y así ocurre por varias alcabalas. En una de ellas hay un retardo mayor. El chofer informa que el guardia no acepta menos de Bs 10.000; el militar con cara de pocos amigos espera hasta que los pasajeros acceden de mala gana y entre protestas. El uniformado cuenta el dinero sin vergüenza alguna y hace una seña al chofer para que siga. Avanzamos luego de esa escena que se suma a todas las indignantes que empañan el traje del militar venezolano.

Allí nos enteramos que estudian cambiar bolívares por pesos en territorio venezolano.

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS INTERNAS: SEBASTIANA BARRÁEZ | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANDREA HERNÁNDEZ

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